20.11.13

La regla del juego, de Jean Renoir

LA REGLA DEL JUEGO
La mirada documental de Jean Renoir: leones y gacelas 
Jean Renoir investiga y analiza con la mirada atenta y curiosa de un realizador de documentales el hábitat natural de dos especies opuestas: los señores y los criados. Con un primer vistazo, la diferencia y distancia entre ambos parecen obvias pero poco a poco descubrimos que, en realidad, comparten espacio, oxígeno y pasiones.
Señores/Leones
 El documentalista convierte a los personajes, tanto principales como secundarios, en animales que se pasean por grandes casas en lugar de la amarilla sabana. Captar cada momento en la vida de las manadas de leones y gacelas y las relaciones que se dan entre ambos se convierte en la obsesión del naturalista. Unos leones que, asentados desde hace tiempo, perdonaron la vida a unas gacelas que aceptaron con gusto la servidumbre. Quien nace león, muere león. Quien nace gacela, muere gacela, y si puede ser de vieja, mejor para ella.
Izda: Lisette (Paulette Dubost) Dcha: Christine (Nora Gregor)
Renoir utiliza la profundidad de campo con maestría y sutileza para establecer la relación de poder entre ambas clases. En primer término, los ricos conversan mientras que en segundo término, los criados limpian o recogen los platos. Sin embargo, cuando los criados hablan entre ellos no hay en segundo término ninguna acción llevada a cabo por los señores, sí por otros criados. Las historias y la vida de los criados están, entonces, supeditadas a la vida y las historias de los ricos. Ejemplo extremo es el personaje de Lisette, criada Christine, mujer del Marqués de la  Cheyniest, para la cual señora parece no trabajar sino vivir.
Pero Renoir juega al despiste y, una vez establecida esta aparente superioridad de unos sobre otros, se aventura a ponerla en duda con un recurso de montaje. La escena en que los criados comen en el piso de abajo se cierra con un plano de una radio y, mediante un fundido encadenado, pasamos a otro plano de un aparato de música, esta vez en el piso de los señores que, al igual que los criados, conversan y ríen. ¿Son acaso la misma especie con los mismos hábitos pero en distintos pisos de la lujosa mansión? La respuesta es afirmativa, ya que después de este primer momento de aproximación entre ambos llegamos a una igualación completa de los dos mundos con las peleas entre los machos alfas. La sangre se derrama entre iguales, un rico contra un rico y un criado contra un criado. La interacción sigue siendo horizontal pero ambos estratos se muestran como iguales 


La vida es un juego de apariencias 

La vida es un juego en el que la regla principal es guardar las apariencias. Hay dos tipos de jugadores: los que obedecen la regla y los que no. El Marqués y el resto de señores son del primer tipo. Los criados siguen las reglas por reflejo y, finalmente, las hacen suyas convirtiéndose también en jugadores.
El personaje que interpreta Jean Renoir, Octave, no pertenece a ningún bando. Funciona de mediador, ayudando a unos y a otros, deshaciendo entuertos. Es una apátrida social, no tiene clase: se mueve por el mundo de los ricos pero no tiene dinero. Marceau también se encuentra en su misma situación, es un nómada, un cazador furtivo que cuando intenta integrarse en la sociedad como un jugador más, falla estrepitosamente. Ninguno de los dos sigue la regla principal del juego.
Izda: Octave (Jean Renoir) Dcha: Marceau (Julien Carette)
La partida termina con las sombras de los personajes, sus proyecciones. Lo que en realidad son, sólo formas sin contenido. Los únicos que no se convierten en proyecciones de ellos mismos son Marceau y Octave, no pertenecen a ninguna de las dos clases, los dos están marginados de toda convención social y parecen no estar supeditados a ninguna regla del juego, los dos son los únicos reales.

Leones y gacelas se creen diferentes pero beben del mismo manantial. Sólo los que deciden no perseguir ni ser perseguidos pueden salir de la sabana y, atravesando bosques, montañas y desiertos, puede que incluso lleguen a ver el mar, al igual que hizo posteriormente Antoine Doinel en Los Cuatrocientos Golpes. 
Nunca una comedia domesticada y clasista fue tan salvaje e igualadora


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1 Comentarios:

Blogger Rodrigo Tobar ha comentado...

Buen análisis

21:07  

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